35 días

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Mientras escribimos esta columna la asamblea de trabajadores portuarios eventuales de Valparaíso ha aprobado por amplia mayoría la propuesta de acuerdo planteada por sus dirigentes. Esperamos que la noche vieja entregue como legado lecciones, las que nos permitan aprender sobre el conflicto portuario y no dejarlo en la nada, superando la indiferencia y la apatía que olvida la gravedad de lo que acontece, como ha pasado en nuestra historia reciente de amnesias, como el gran incendio de abril 2014, como la crisis de los cruceros, como el último decenio de discusión de planificación urbana del borde costero, entre tantos otros.

No son nuevos los conflictos portuarios ni en el país, ni en el mundo. Las demandas sociales que atañen el trabajo garantizado solo por la demanda económica de la industria, se remontan históricamente a la vida de los puertos. Lo que debiese alertarnos en esto, aún más que el conflicto en sí mismo, es cómo el proyecto de ciudad en Valparaíso fracasa reiteradamente. Abandonamos fácilmente el sentido colectivo de la comunidad, lo colectivo en el más amplio sentido de la palabra, donde ningún ciudadano debe ser vulnerado en su derecho a poder estar seguro en su barrio, ejercer su trabajo con normalidad, emprender y circular libremente.

La ciudad porteña a ratos parece una escenografía donde van aconteciendo sucesos y nos debilitamos por no ambicionar a ser un respetable lugar de todos y dejarse ser una ciudad fragmentada sin un relato común.

Se evidenció que las voluntades inmersas en este conflicto no lograron que en Valparaíso se garantizaran los derechos de los ciudadanos. Para muchas porteñas y porteños este conflicto social-portuario y urbano significó pérdidas económicas irrecuperables en esta época estival y festiva en que se desarrollaron; la ciudad ya deteriorada se transformó en escenario de violentas agresiones y pérdidas millonarias directas e indirectas, de las que nadie se hará cargo. En resumen, la ciudad no estuvo por sobre “un conflicto privado” como lo es desde la esfera legal, pero con efectos públicos insoslayables.

Qué duda cabe, los datos son indiscutibles, los contextos de obsolescencia de sistemas precarios con que hoy se desenvuelven nuestros puertos y nuestras ciudades son evidentes. Dejar esa precariedad es lo que debiese convocarnos. Datos duros, las empresas concesionarias cumplían con lo establecido por ley para el régimen legal que regula a los trabajadores de régimen eventual. Pero sabemos que no siempre lo legal es sinónimo de equidad, y que eso no subsana la precariedad con la cual ejercen el trabajo los eventuales. Un diálogo entre posturas antagónicas entonces, de difícil encuentro permanente pues legítimamente reclaman sus derechos, uno desde la frontera legal, otros desde la justicia social, y entre medio, el Estado, que si bien tuvo una agenda activa en el conflicto, quizás llega tarde a la génesis de este problema. Un Estado que más bien ha escuchado desde lejos lo que ocurre en la ciudad puerto, amparando decisiones centralistas en territorios precarios y con demandas cada vez más complejas y organizadas.

Como ya hemos expuesto, el conflicto portuario no es sólo privado, sólo laboral, sólo social, sólo urbano ni sólo económico. Es una crisis estructural que arriesga una forma de vida posible en un lugar único y de grandes atributos, una disociación entre las oportunidades y la incapacidad de generar una visión de un borde costero económicamente diversificado, integrado a una ciudad moderna en sintonía con las buenas prácticas internacionales que operan en tantas ciudades puerto del mundo. Poca ambición para una ciudad en la que debemos unirnos para que sea más justa, no sólo para los trabajadores eventuales, que es uno de los grupos que simboliza la precarización laboral en Chile. ¿Qué pasa entonces con los campamentos? ¿Con la cesantía? ¿Con el problema del narcotráfico que afecta a niños y jóvenes porteños?, ¿qué pasa con la ciudadanía precaria? ¿Con nuestras otras identidades e industrias? ¿Quién vela en este conflicto por la “ciudad turística”, por la “ciudad patrimonial”, “universitaria y cultural”?

El puerto volvió a imponerse como única identidad en la ciudad devorándolo todo.

Insostenible que los puertos no dejen nada en las ciudades donde operan, insostenible que el borde costero entregue solo externalidades negativas todo el tiempo. Debemos cuidar la comunidad porteña y no solo un sector que tiene voz organizada, sea éste cual sea. Debemos definir cuál es la comunidad porteña, ser mucho más que violencia e incapacidad de diálogo, dejar de ser dispersos para generar acuerdos y un relato común.

Todo liderazgo político, comunal, regional, sindical, y la comunidad civil, debe estar a la altura de todos los ciudadanos porteños, pues no existe ningún rédito político ni económico, cuando fracasa el proyecto de ciudad.

¿Qué ciudad es hoy Valparaíso? ¿Qué ciudad quiere ser Valparaíso?

Columna publicada en diario El Mercurio de Valparaíso.

Autores

Arquitecto Universidad de Chile | DEA UPC Barcelona | PhD Est. Urbanos PUC | Académico Arquitectura Universidad de Chile

Historiadora del Arte UISEK. Fundadora y directora del centro CREA (Centro de Conservación, Restauración y Estudios Artísticos).