La revolución urbana de los chalecos amaraillos, a la vuelta de la esquina

La revolución urbana de los chalecos amaraillos, a la vuelta de la esquina

Qué duda cabe de que tras las protestas de los llamados “Chalecos Amarillas” en Paris, existen causas complejas que apuntan a una crisis profunda de la sociedad francesa, caracterizada por el bajo crecimiento, la cesantía y la crisis de las clases medias. No obstante lo anterior, en esta contingencia aparece una dimensión, relacionada al territorio, que es clave analizar.

La crisis, iniciada por el impuesto al combustible diesel, va más allá que el encarecimiento del costo de usar automóviles. Eso es sólo la punta del iceberg. Tras ese hecho, se esconde un profundo problema de desigualdad territorial de gran escala, en donde la distribución geográfica de las oportunidades muestra la cara más compleja del desarrollo de Francia. Las protestas contienen un largo resentimiento por parte de aquel país rural y suburbano, en contra de las grandes ciudades que acumulan riquezas, trazando un invisible limite de exclusión social.

No en vano, los protestantes gritaban a Macron el epíteto de “cosmopolita”, como si eso por si solo constituyese un insulto. Como ha demostrado el demógrafo Hervé Le Bras, tras esta crisis se encuentran las clases medias con bajos ingresos, que viven en torno a las ciudades pequeñas, alineadas en lo que el mismo ha denominado “el cinturón del vacío” que va desde Estrasburgo por el norte, hasta Marsella en el Sur. Estas son ciudades que pierden industrias y comercio, volviéndose económicamente obsoletas frente a la globalización, a la vez que se despueblan. En sus alrededores albergan urbanizaciones que son de bajo costo, pero que dependen de los autos para trabajar. En oposición está la ciudad globalizada, de economía tercerizada y diversificada, donde se concentran el capital y los empleos exitosos por la alta presencia del Estado, instituciones multilaterales de escala global, empresas transnacionales y universidades de alto prestigio; trabajos que son capturados por personas con mayores índices de educación y poder adquisitivo, lo que hace que cada día sea más difícil e inaccesible vivir allí por los elevados precios de la vivienda.

Hay que mirar con detención este fenómeno. Desde el enfoque marxista, es el conflicto por la división social del trabajo, reflejado en el territorio. Es el campo empobrecido versus la ciudad enriquecida. En cierto sentido, esto es similar a las ciudades industrializadas que constituyen el famoso cinturón de oxido en torno del Lago Michigan, donde sus habitantes terminan votando por Trump.

En todo esto, aparece una gran contradicción. Las grandes ciudades al ser más diversas, producen nuevas ideas y atraen personas innovadoras, siendo la cuna del progresismo y el liberalismo. De ahí, por ejemplo, que muchos movimientos que instalan nuevos derechos sociales se originan en las grandes ciudades. Por el contrario, el campo se asocia al conservadurismo. No obstante, ese progresismo urbano, hoy se ha transformado en sinónimo de sordera social respecto a las demandas de quienes quedan fuera del éxito de la metrópolis. No es extraño entonces, que sea en estas zonas abandonadas, donde el discurso populista comience a propagarse.

En Chile también tenemos este escenario. La diferencia de ingresos y gasto público entre el Gran Santiago y el resto de las áreas metropolitanas es abismante. Al interior de ellas, existen comunas exitosas del primer mundo versus zonas con mala conectividad y empleos precarios. A esto se suman todas aquellas comunas semirurales, de economías debilitadas y sin instituciones de educación superior que pierden población joven y que como tienen poca demanda, presentan suelo barato, transformándose en depósitos de viviendas sociales. En el caso de la Región de Valparaíso esto ocurre en Casablanca, San Antonio o Quintero donde su casco urbano crece sólo con viviendas sociales. En esto hay que tener claro una cosa. Ya no se puede hablar sólo de segregación al interior de las ciudades, sino además de segregación “entre” ciudades.

La revolución de las chaquetas amarillas es una campana de alerta. Son clases medias vulnerables, que viven en áreas suburbanas y ciudades pequeñas, lejos de las zonas de mejores empleos y que ven crecer la incertidumbre en sus vidas. No tiene sentido caricaturizarlos. Es un fenómeno que podría estallar en Chile, si no ponemos el acento en aquellas zonas donde estos segmentos se concentran.

La solución de este fenómeno no es simple. Por lo pronto, la agenda para la integración social y urbana lanzada por el Gobierno, es una buena noticia. Pero tratándose de un fenómeno de escala territorial que trasciende a las ciudades, es importante profundizar la agenda de descentralización. En ello es clave fortalecer las competencias y presupuestos de los Gobiernos Regionales, haciendo énfasis en los planes que estos tengan respecto a infraestructura y fomento de la economía. De lo contrario, la revolución de los Chalecos Amarillos podría aterrizar en estas lejanas tierras.

Columna escrita para el diario El Mercurio de Valparaíso.

Autores

Arquitecto Universidad de Chile | Magister Dirección y Administración de Proyectos Inmobiliarios Universidad de Chile | Magister LSE/SCIENCES PO | Profesor Asistente y Director de Carrera Arquitectura Universidad de Chile

Arquitecto Pontificia Universidad Católica de Valparaíso | Magister en Dirección y Administración de Proyectos Inmobiliarios Universidad de Chile